Ciclo de la reparación de daños.
La semana pasada me llegó una pregunta sobre cuál es el ciclo de la generación de violencia, física, emocional o, de cualquier forma.
La violencia tiene que ver siempre con un o una víctima y un o una opresora.
Tres veces en mi vida me he sentido bajo el abuso psicológico y emocional, además de traicionada.
Cuando me llegó la pregunta sobre la violencia empecé a pensar muy en serio.
Le pedí rápidamente a un amigo bibliografía, él trabaja con jóvenes y me ayudó leer esos artículos.
Cuando hay maltrato, hay daño y este daño se convierte en violencia hacia otros si no se gestiona.
La rabia, la ira, los golpes que daríamos a las paredes y las patadas a las mesas, entre otros ejemplos, son evidencias de haber llegado a un límite emocional donde ninguna palabra puede expresar el dolor que se siente.
Somos captivas de la furia que recibimos y solo podemos devolverla con la misma violencia que nos atrapa
Empecé a preguntarme: qué he hecho yo para repararme y cómo puedo explicar las reparaciones necesarias para que el ciclo de violencia se detenga.
¿Cómo puedo gestionarme para no sentir el dolor y convertirlo en golpes o palabras cortantes?
¿Cómo puedo revertir esta sensación autodestructiva en un camino de autocuidado y recuperación?
No siempre basta con el trabajo desde la posición de sufridoras de ese maltrato, también es necesario visibilizar a las personas que en momentos de su vida se colocan en el rol del abuso por utilizar el poder sin la consciencia del daño.
Este es el poder devastador, el que sale como un chorro desde un lado y que no escucha el dolor del otro lado, el poder que arrasa, devasta y mata.
Este poder se constela dentro de la víctima quien luego puede autodestruirse o destruir.
Para evitar que este ciclo se perpetúe os cuento mi proceso:
He sido mi víctima y mi perpetradora en todos los aspectos de mi vida.
Cuando descubro que importo poco a los demás caigo en la trampa de creerlos.
Entonces los reencarno en la figura de ‘la que no es nada’, ni ha sido lo suficiente para los otros, por lo tanto, no soy suficiente para mi misma.
Y esto lo acarreo toda la vida hasta que un día me doy cuenta que estoy siendo mi propia víctima.
Desde hace muchos meses que lo he pensado y ahora desde hace un año mi exigencia terminó.
No tengo necesidad de demostrarme más.
Una amiga me dice: «Judit, tendrás que escribir un libro con todo lo que has hecho para salvar tus relaciones».
La persistencia, eso que parecía una habilidad, pero era la falta de no saber poner límites, y ahora ya lo tengo.
Os explico mis diferentes capítulos de autoexigencia que hacían de mí una prisionera de la exigencia que tenía conmigo misma.
Me he relacionado con personas con las que ha sido muy difícil sentirme querida y aceptada.
Es posible que tuviera que ser así porque tampoco yo me aceptaba, algo hacía mal para que mi dolor fuera invisible.
He pedido respeto de las otras personas, y no lo oían, pero, en realidad las otras personas pueden hacer lo que les convenga y la pregunta del millón es ¿hasta dónde me respeto yo? ¿hasta sentir que todo en mi se vaciaba?, y ¿que ya no tenía más recursos?.
¿Qué hacía yo con este dolor?
En realidad este era el reto de mi vida, colocarme en un callejón sin salida y luchar contra Goliat sin rendirme.
Pensaba que era fantástica, superaba todas las pruebas de fuego después de intentar lo imposible hasta la saciedad, hasta el hastío.
¡¡¡¡Aquí lo pillé!!!!
Todo este esfuerzo servía solo para mostrarme a mí la fuerza, luchando con la adversidad me sentía poderosa.
Los demás esto no lo veían, es posible que ni lo intuyeran.
Entonces llegaba en mí el ave Fénix que surgía de las cenizas …¡ohh! superaste otra vez lo más duro de esta tierra.
Una batalla ganada donde casi me dejo todas las plumas.
En el capítulo laboral también me he sabido buscar las medallas.
Me especialicé en trabajos duros, he negociado cierres de empresa donde la violencia psicológica y la presión emocional eran impensables.
He sobrevivido negociaciones de 30 días sin apenas dormir… ¡ohh! otra vez, y de estas cenizas volvió a surgir el ave que nunca iba a morir.
Esto tampoco fue suficiente.
He necesitado posgrados, tesis doctorales, estoy con la tercera y ahora en noviembre termino mi formación de analista en Process Work que es una disciplina que nace de los analistas jungianos (Carl Jung).
Con todo esto, este año, me he dicho basta, no tienes que probarte más.
No quieres más títulos, no quieres más relaciones que me instalen en el límite de mis capacidades emocionales, todo esto ya no es necesario.
La solución de los grandes problemas ya no es mi bandera.
Ya no quiero ni debo solucionar nada.
Me perdono por no creerme y empiezo a no ser nada más que yo, con todo lo que me caracteriza, con todo mi dolor resarcido, y con nada más, solo yo.
¡Bienvenida Judit al mundo de paz!
¿Qué me ayudó a reconocer la perpetradora en mi?:
- La exigencia en mi trabajo no tenía límites.
- Sufría si alguien se molestaba por algo que había hecho o dicho.
- Complacer a los demás por encima de mis prioridades.
- No me sentía de libre cuando elegía.
- Necesidad de aprobación externa.
Corté con eso, es como una adicción, y decidí enfocarme en mí, sentirme, gustarme, cuidarme.
Y entre los momentos de apego ansioso pude encontrar salidas que me ayudaron.
¿Qué me ayudó en este viaje?
- Estar sola de forma bella.
- Hice algo nuevo que hacía tiempo quería hacer. Pintar.
- Me enfoqué en poder sacar partido a todas mis horas trabajadas. Mi hora es oro y no un salvavidas de mi propia vida.
- Tomar los descansos cuando los necesitaba.
- Recuperé el contacto con mis amistades de años.
- Hice nuevas amistades.
- Ir al gimnasio, cine, teatro y conciertos de música local.
- Recordar cada día todo lo que he conseguido en mi vida.
- Amar sin miedo.
Espero que te guste lo que he escrito. Comparto mis cosas para normalizarlas.
Puedes dejarme tu opinión, ¡me encantará saber de ti!







